….. Y tuve un sueño con …..
… y llega la Semana de Pasión. Y allá en lo alto del madero,
cuando el viento roza la madera cruzada y el silencio se hace sagrado, Jesús de
Nazaret nos habla con palabras que nacen del dolor, pero florecen en perdón, en
esperanza, en entrega.
Fue en mis sueños, … cuando la noche abrió un umbral que no
sabía que existía. Le vi, sereno, luminoso, cercano. Y hablamos, como si el
tiempo se hubiera detenido solo para que Su voz alcanzara mi corazón.
…… Y allí, bajo el
peso de Su mirada, me quedé quieto, detenido en un silencio que no sabía
descifrar. Era un silencio que no hería, un silencio que envolvía, un silencio
que parecía venir de un lugar donde el tiempo ya no duele.
Y entonces Él, con una ternura que desarma, con una voz que
parecía nacer del mismo cielo, me dijo…
Él: Hijo mío, acércate. Aun desde la cruz, mi palabra
sigue viva. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc
23,34). El perdón es mi respuesta al dolor, y también mi regalo para ti.
Yo: Señor… déjame acompañarte. Déjame caminar contigo
cuando emprendas tu próximo camino, por si necesitas ayuda, como la necesitaste cuando tu cuerpo sufrió la
flagelación que los romanos daban para debilitar al condenado. Déjame estar a
tu lado, aunque sea en silencio.
Él: Dimas, tu compañía me honra. Sí, fui golpeado,
coronado con espinas, maltratado por los soldados. Mi cuerpo estaba exhausto
antes de cargar con la cruz. Pero incluso entonces, el amor no se apagó. «Mujer,
ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26–27). Aun herido,
seguí entregando amor.
Yo: Señor, sé que llevabas horas sin comer ni beber.
Y cuando pediste agua, solo te ofrecieron una esponja empapada en vinagre, vino
amargo que no calmaba tu sed verdadera. ¿Cómo pudiste seguir adelante?.
Él: Porque mi sed no era solo de agua, Dimas. Era sed
de almas, sed de consuelo, sed de que el mundo descubriera la ternura del
Padre. «Tengo sed» (Jn 19,28) fue un susurro de humanidad, pero también
una llamada de amor.
Yo: Y el camino al Gólgota… cuesta arriba,
interminable, con la cruz pesando demasiado para un hombre herido. Aunque Simón
de Cirene te ayudó, el peso seguía siendo inmenso. Señor, ¿cómo resististe?.
Él: Porque el amor sostiene incluso cuando las
fuerzas fallan. Y porque el Padre envía manos amigas cuando más se necesitan.
Así como Simón me ayudó, yo también quiero ayudarte a ti en tus caminos
difíciles.
Yo: Llegaste al Gólgota herido, debilitado,
deshidratado, sin fuerzas, con un dolor físico y emocional inmenso… y aun así,
según los Evangelios, mantuviste palabras de perdón, esperanza y entrega. Eso
es lo que más me conmueve, Señor.
Él: Porque la dignidad no nace de la ausencia de
dolor, sino de la forma en que se afronta. Sin odio, sin rencor, solo
humanidad, dolor y amor. «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc. 23,43).
«Todo está cumplido» (Jn 19,30). «Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu» (Lc. 23,46). Estas palabras son mi testamento de luz.
Yo: Señor… déjame acompañarte mientras recorres tu
nuevo camino. Enséñame a reflexionar, a comprender que lo más grande no es el
sufrimiento, sino la dignidad con la que se vive cada momento. Enséñame a amar
así, con esa serenidad que transforma la noche en amanecer.
Él: Dimas, hijo mío, camina conmigo. Que mi cruz
ilumine tus sombras, que mi esperanza sostenga tus pasos, y que mi amor te
enseñe a vivir sin miedo.
No estás solo. ¡Nunca lo has estado!.


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